sábado, 16 de julio de 2016

Día 196 ¿Acaso soy mejor que mis padres?


1 Reyes 19:4.......Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres.

Este es la confesión de Elías, un hombre utilizado poderosamente por Dios. Ante los ojos humanos era un ser muy especial. Él oraba a Dios y fuego descendía del cielo. Él oraba por los enfermos y estos sanaban, oraba por los muertos y resucitaban. Todo lo que profetizaba se cumplía.

Elías era un ser igual que cualquier hombre. La Biblia lo describe como un hombre sujeto a pasiones como las nuestras. (Santiago 5:17)

Elías fue amenazado  de muerte y se asustó; sintió miedo. Elías predicaba y no veía un cambio en las personas; se decepcionaba, se cansaba. Al sentirse igual que el resto de los seres humanos sintió el deseo de morir. !Entró en depresión!

No existen personas diferentes a otras con relación al pecado. Lo que sí es cierto es que todos los pecados son distintos en las personas. Tal vez alguien no sea ladrón pero sí sea adúltero; tal vez alguien no sea ladrón ni adúltero pero desprecia al pobre, es racista etc.

La pregunta es ¿por qué algunas personas salen del pecado y otras no?  ¿Acaso hay personas mejores que otras? ¿Por qué hay cristianos victoriosos y cristianos derrotados? ¿Qué diferencia hay entre mis padres y yo? ¿Acaso soy mejor que ellos? Se preguntaba Elías.

No es que seamos mejores que nuestros padres, hermanos, amigos. Es cuestión de decisión. Tú decides abandonar el pecado o continuar en el mismo; tú decide abrir tu corazón a Cristo Jesús o cerrar tu corazón.

Elías, luego de cuestionar a Dios, tuvo un encuentro con Él, en la soledad de una cueva. No basta con decir  soy creyente; se necesita también tener momentos a solas con Dios y, en la intimidad, reconocer nuestras debilidades y ser fortalecidos por su Santo Espíritu.

Declaración 
Reconozco mi naturaleza humana, mis debilidades, pero también reconozco el poder del Espíritu Santo que puede obrar en aquellos que se disponen para Dios. En este día, pido perdón a Dios por confiar en mis propias fuerzas y abro mi corazón a Cristo Jesús. Ven Señor; visita mi vida.

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